Necesitamos Hablar De Kevin Analysis Essay

Si algo queda claro en Tenemos que hablar de Kevin es que tenemos mucho de qué hablar. Más allá de una factura por momentos impecable, angustiante, con un flujo simbólico que hace del psicoanálisis una poética, la cinta es sobre todo una investigación sobre la naturaleza del mal y de la mente sociópata, que en años recientes hemos visto "brillar" en los casos de los adolescentes asesinos en escuelas de Estados Unidos. ¿Qué puede hacer que un niño sea tan malo o al menos tenga tan poca empatía para que asesine a sus compañeros o a su familia como si esto fuera el último placer, el máximo juego?

La película admite (o al menos coquetea con) varias lecturas, y esta es su gran riqueza (el lector estará de acuerdo en que es preferible alumbrar nuevas preguntas que ofrecer vanas respuestas). ¿Es Kevin el resultado de un neurodeterminismo, de haber nacido con un cerebro indispuesto para empatizar con los demás? ¿Es la "maldad" de Kevin, además de tener ciertas peculiaridades que lo hacen "un hijo difícil", sobre todo el resultado de la falta de amor de su madre, un producto de un determinismo  psicológico, de la infancia como destino?  ¿Es Kevin el resultado de una especie de posesión demoniaca, del diablo como una fuerza de oposición que se infiltra al mundo? Un último ingrediente que se puede añadir a todas las líneas inquisitivas es el de la influencia del mass media, de la cultura celebrity y la violencia a la que son expuestas a través de los medios las personas en Estados Unidos. Adolf Hitler fue el primer pop star, dijo alguna vez David Bowie: alienados de nuestro entorno y de nuestra familia aun así estamos envueltos en una capa de pensamiento colectivo, una mediósfera de la cual no podemos escapar —y que inetractúa con nuestra volición. El deseo de ser aceptados, en la sociedad actual confundido con la fama, y ante la anestesia cotidiana, puede llegar incluso a hacer cosas tan terriblemente extraordinarias como dispararle a docenas de niños.

La película nos sitúa dentro de la mirada y la mente de Eva (Tilda Swinton) y se teje como una pesadilla elíptica interconectada por imágenes asociativas —una marea roja, de cátsup, de sangre, de lipstick,  que empuja y que es también estigma; la luz líquida, fuera de foco, desintegrada en círculos de confusión (o lágrimas deshebradas); la comida siempre pulverizada, hecha batidillo como un estado oral insuperable. Es necesario detenerse y decir que Swinton refrenda ser una de la mejores actrices del mundo: desgarbada pero dueña de una feroz altivez, andrógina pero con una secreta energía sexual (veremos como todos los directores la buscarán siempre para hacer papeles oscuros que representen "la complejidad de la mujer").

Kevin es el fruto de un enamoramiento vertiginoso entre artistas, es un hijo incómodo que complica la existencia de la madre.  La directora Lynne Ramsay rápidamente construye un enigma ambiguo: Kevin muestra un  rechazo casi instintivo a su madre, pero su madre lo rechazó inicialmente.  Notamos en Kevin cierta mirada oblicua que recuerda a la mirada de los vampiros seductores, pero esa mirada intensa y poco empática por momentos también está en su madre (él la imita). El amor a un hijo en ocasiones es algo que no ocurre con su mero nacimiento. Pero este "aprender a amar" que se da de manera natural quizás pueda ser desvíado por circunstancias como el talante arisco —por naturaleza, por genética— del hijo. A lo que se le aúna la falta de tacto de la madre y la aparición intempestiva del hijo que significa el dejar atrás la vida independiente de una mujer.

¿Hasta qué punto las desatenciones de una madre, su incapacidad primera para amar y nutrir, pueden criar un "monstruo"?  Porque Kevin no es criado en un ambiente demasiado disfuncional, su maldad se da en un ambiente estrictamente moral.  Por lo que lo más fácil sería —si le damos el beneficio de la duda, que es el trance del espectador, a la película—  pensar que es el resultado de un desbalance neurológico, posiblemente en el  córtex prefrontal ventromedial. Según el neurocientífico Simon Baron-Cohen lo que nosotros llamamos “mal” es en realidad la falta de empatía en el cerebro, lo cual viene de fábrica, por así decirlo:

Psicópatas como Kevin tienen cero grados de empatía afectiva (simplemente no les importan los sentimientos de los demás) pero tienen excelente empatía cognitiva (capaces de introducirse a la mente de otra persona usando su habilidad para descubrir lo que otra persona piensa, siente o quiere; manipular a los otros a través del engaño).

La neurociencia parece ofrecer el razonamiento más convincentes para explicar la personalidad de alguien como Kevin. Sin embargo, tenemos el caso de James Fallon, un neurocientífico dedicado a estudiar el cerebro de psicópatas, que descubrió que él mismo tenía este perfil que se repite en personas que han cometido asesinatos y crímenes dentro de este perfil. Fallon vive una vida que se ajusta a los parámetros de la normalidad: está felizmente casado, tiene hijos, tiene una carrera profesional exitosa, una buena salud mental y física. Él mismo aclara que tal vez si hubiera sido abusado de niño podría haberse "convertido en uno de esos asesinos de los que hacen películas para cable”.

¿Califica como un abuso el desamor de una madre a su hijo? Eva hace como si amara a Kevin, pero difícilmente le transmite amor. No hay duda de que es algo cruel y fuera de proporción achacar a una madre que intenta amar a su hijo, pero que tal vez no lo logra (porque quizás el amor no es algo que sea accesible para todos, al menos no sin una especie de evolución personal), los despiadados actos que comete este en la adolescencia. Pero, por otra parte, ¿qué puede haber más significativo, más determinante en una persona que la falta de amor de su madre?

Es sabido que el psicoanálisis freudiano considera que la relación entre el hijo y la madre, especialmente los primeros años, determina en buena medida el futuro de una persona —modela, casi indeleblemente, su psique. La madre, que es la amante universal, es a través de quien el hijo aprende y desarrolla una capacidad de amar —en otras palabras, de sentir empatía. Sin suscribir necesariamente al psicoanálisis freudiano (o lacaniano, del cual la película también tiene algo) es evidente que la película también plantea esta posibilidad —sin ser excluyente— como una explicación (o un importante complemento) al enigma de la abyección (de un psicópata) que resulta inexplicable al humano empático.

La madre es perseguida y en cierta forma, aunque también ambiguamente, acepta ella misma la culpa. La sangre, la pintura, la persiguen; la sociedad exige en ella una retribución del orden que ha sido perturbado. Ella es hasta cierto punto la cómplice: lo es al aceptar las manipulaciones de Kevin, para no enfrentarse a su esposo y a la realidad de no poder controlar a su hijo, de no poder experimentar ese amor (idilio cuya ausencia genera una onerosa sombra). Esto se expresa en la escena en la que ella acepta que Kevin mienta sobre cómo se rompió el brazo —ocultando que ella fue la que le provocó esto después de que Kevin la castigara defecándose (¿incontinencia que reclama el amor de la madre que no recibe?)

Es un problema de comunicación —la vida puede ser vista, no sin profundidad, toda ella, como un problema de comunicación. Kevin no habla, al principio parece ser autista, pero más bien oculta su entendimiento (parece que percibe una belleza en el mal, entre Nietzsche y Baudrillard). Es inteligente como su madre (más que ella y también exhibe una androginia) y se recrea ante todos como un ser funcional (resguardando en la médula algo como un designio maligno que quizás sea el resarcimiento del desamor de su génesis). Esto hace que no se hable de Kevin, que pueda crecer estas raíces venenosas en la oscuridad.  Los intentos de la madre de hablar con Kevin son tardíos y trémulos.

Kevin aprende, entonces, a jamás demostrar sus verdaderos sentimientos: a usarlos solamente como un método de obtener algo y de esta forma manipula también a su padre para que tome su lado (impone su voluntad y así también castiga a su madre en ese triángulo amoroso). Pero esto no significa que no quiera comunicar sus sentimientos; existe una necesidad imperiosa de comunicar lo que sentimos y si no lo podemos hacer  por los medios convencionales, la psique encuentra alguna forma de expresarse a sí misma. Los asesinatos, los crímenes atroces, las violaciones, a fin de cuentas tal vez no sean más que intentos de un psicópata de comunicarse con las personas que le son más cercanas —su madre y su padre generalmente (por esto algunas personas han visto en el asesinato una obra de arte).

La comunicación es esencialmente empatía: cuando una persona escucha verdaderamente a otra se sintonizan sus ondas cerebrales: no solo se transmiten palabras, se transmiten estados mentales y emociones. Entre las varias lecturas que admite la película cabe la posibilidad (en este juego de hacer psicoanálisis con un personaje de ficción) de que este vacío comunicacional sea llenado con los medios de comunicación masiva:

Es así: te despiertas y ves TV, te subes al coche y escuhas la radio, vas a tu pequeño trabajo o a tu pequeña escuela, pero no escuchas esto en las noticias de las 6 de la tarde. ¿Por qué? Porque nada está pasando en realidad, y te vas a casa y ves más TV y tal vez es una noche especial y entonces vas al cine. O sea, está tan mal que la mitad de las personas en la TV, dentro de la TV, están viendo TV. ¿Qué ven estas personas? Personas como yo.

Esta crítica a la sociedad, quizás un poco inverosímil enunciada por un adolescente (en la película toma la función del coro), refleja de cualquier forma este deseo de significarse a través de la mirada del otro, de existir al ser visto. Kevin encarna también la tragedia moderna que, alienada de lo íntimo y de lo inmediato, busca su catarsis en la plaza pública, ante el ojo de los dioses (que habitan en la cámara de televisión, si es que son aquellos que todo lo ven). (Es una reflexión un poco inconexa, pero tal vez esta sea la misma razón por la que en las películas estadounidenses un amor épico necesariamente tiene que demostrarse en público: pienso en el hombre que interrumpe el partido de beísbol o la boda de su amada para manifestar su amor y recibir la aprobación del Gran Otro).

Tenemos que hablar con Kevin pero nunca lo hicimos. Al final de la película, Eva todavía intenta hablar con Kevin en prisión —tal vez porque esta sea la única forma de sanar, de continuar con la vida. No lo logra del todo; quizás el único atisbo de un intercambio de empatía es cuando Kevin le responde a la pregunta motriz de la película "¿por qué lo hiciste?", diciendo "Creía que lo sabía, pero ya no lo sé".  El enigma se mantiene, cabe la lectura del neurodeterminismo o de la afectación psicológica por la falta de amor materno (y todas sus intersecciones). Pero tal vez responde que no lo sabe ya, porque en ese gulag de la existencia siente un breve destello de empatía al comunicarse con su madre y entonces lo que hizo ya no tiene sentido, es inexplicable.

Twitter del autor: Aleph de Pourtales /@alepholo

Tenemos que hablar de Kevin... pero no hablamos. Comentarios acerca de lo maternal, el instinto y el horror

por Corinaldesi, Ana, Kleinerman, Lucila

"La paternidad al igual que la maternidad

tiene una esencia problemática;

son términos que no se sitúan pura

y simplemente a nivel de la experiencia". [1]

“Tenemos que hablar de Kevin” es una película ardua, incómoda y significativamente dura. Su directora, la escocesa Lynne Ramsay, nos lleva a un mundo teñido de rojo que se irá reconstruyendo a la manera de un rompecabezas infinito e inquietante a lo largo del film.

Su título hace referencia a Kevin, un adolescente atormentado y atormentador que un día decide asesinar a sus compañeros de colegio, a su padre y a su pequeña hermana en el marco de una matanza escolar que nos recuerda episodios como el de Columbine, en Estados Unidos, u otros geográficamente más cercanos, como el del chico apodado “Pantriste” en la localidad de Carmen de Patagones [2].

Aún así, el relato de esta producción cinematográfica se aleja de films como “Elephant” de Gus Van Sant o “Bowling for Columbine” de Michael Moore, que abordan la misma temática, para emparentarse al “Bebé de Rosemary”, que tan hábilmente se encargó de traernos Roman Polansky. “Tenemos que hablar de Kevin”, lejos de una presentación fantástica, pone el acento en algo más real: el vínculo entre una madre y un hijo.

La misteriosa forma en la que una “libra de carne” adviene al campo de lo humano, o la extraña manera que tiene un bebé de no convertirse en un “alien” para una madre ha sido siempre motivo de análisis. El hecho es que para que haya una madre, una mujer deberá participar en ese balbuceo significante inicial y anterior a cualquier palabra, operando para que la lengua haga cuerpo y permita el advenimiento de un hijo. Será esta operación la que permitirá el acceso al mundo del lenguaje, como eminentemente humano.

Así, esta película se presenta como un excelente recurso para dar testimonio de cómo la función de la madre no puede reducirse al instinto, y requiere de un artificio articulado a un nombre, el del padre, capaz de transmitir, desde el horizonte de su falta, la legalidad del no-todo constitutiva del campo de lo humano. Pero… ¿qué sucedería si esto no estuviera?

La película bordea y presenta las consecuencias de esta ausencia.

La matanza ha ocurrido pero el crimen no se muestra. La mirada está puesta en otro lugar, en la relación entre Kevin y su madre Eva, o más precisamente en ella y los momentos posteriores a la masacre. Su hijo ha sobrevivido y se encuentra cumpliendo su condena. Eva lo visita en encuentros marcados por el silencio. Allí tampoco se habla. Es que ya sea con Kevin o de Kevin nunca se ha hablado.

Asociativamente, el color rojo conduce la acción desde una mente culposa y transita los recuerdos de Eva reconstruyendo ese vínculo. No siempre el rojo ha sido sinónimo de lo mismo para ella. Hubo un tiempo que fue hermoso… La Tomatina de Buñol [3] del inicio del film, relata en imágenes las vivencias, sensaciones y recuerdos de un tiempo que ya no es. Eva se deja llevar, feliz, por ese mar rojo de tomates que quizás sirva como un anticipo de lo que vendrá. En ese contexto, el rojo se cuela hacia el amor y Eva, ya en sus cuarenta años, con gran éxito en su trabajo y enamorada de Frank, un buen día queda embarazada de un niño al que no deseó ni querrá nunca.

La escena contrasta con la actual situación de la misma mujer, aparentemente sumida en una gran tristeza, rodeada de comida en mal estado y visiblemente descuidada. Eva parece querer encontrar un sentido, una explicación al acontecimiento que cambió su vida, y los espectadores devenimos testigos de esta búsqueda en el devenir de la trama.

Su mente va y viene compulsivamente intentando armar el rompecabezas. El rojo aparece ahora en las paredes del frente de su casa. Pintura roja que parece haber sido arrojada por sus vecinos a modo de “escrache” público, señalando una deuda por la cual ella debe responder. Muñida de hojitas de afeitar, Eva rasquetea las paredes intentando limpiar su culpa. Sin embargo (y en eso el film es claro) pese a sus esfuerzos, la pintura color rojo sangre recubre sus manos de tal forma que parece imposible de sacar. Lavarse las manos no parece un recurso posible para Eva.

Sus recuerdos la ubican nuevamente en el momento del nacimiento de su hijo Kevin. En el sanatorio, su rostro se muestra indiferente, incólume frente al niño que Frank, su esposo, lleva en brazos, ante una escasez de recursos que la fotografía de la película ofrece en la escena misma. No hay afecto en su mirada. Eva no parece ni siquiera poder cargarlo, está perpleja, parece perdida. Es Frank quien sujeta al niño sin registrar lo que pasa con la madre.

Ya de vuelta en casa, la belleza del lugar y de la casa contrasta con la amargura presente en su rostro. El llanto de un niño que no pide nada para ella. Nada de lo que ella puede hacer parece calmarlo o por lo menos nada de lo que puede ofrecerle. El llanto adviene para esta mujer un ruido insoportable e intraducible por la vía de la demanda; un llanto ensordecedor que solo puede ser tapado por un ruido mayor, como el de las máquinas trabajando sobre el asfalto.

Frente a su propia falta, Eva trata de suplir lo que no hay, fallidamente. Intentará sufrida e infructuosamente relacionarse con su hijo quien, a todas luces le es ajeno y extraño, para finalmente presentarse del lado de lo monstruoso.

Eva lo cuida. Prolija e higiénicamente se ocupa de sus cuidados pero sus manos no parecen recortar allí ningún cuerpo libidinal. Su posición es casi pedagógica; es una maestra que adiestra a su niño pero no puede relacionarse afectivamente con él. Ese niño no la completa; más bien le sobra.

Los juegos que intenta instrumentar reproducen el rechazo inicial. El juego de la pelota que va y viene propuesto por Eva a Kevin casi mecánicamente, es rechazado por el niño quien se niega a seguir a su madre en esa suerte de fort da. Ella no logra armar el entramado simbólico-imaginario que aloje al niño y él parece actuar en consecuencia frente a lo que ella desde el deber de madre le propone. Si hay algo que Kevin toma del Otro como ciframiento del sujeto es la noción misma del rechazo y es allí donde se ubicará para armar relación con su madre al modo de una suplencia terrorífica de lo que no hay.

Distintas escenas van recortando las piezas con las que Eva deberá armarse. Cada vez y con mayor intensidad, el abismo entre Eva y su hijo se torna más inquietante.

Kevin no habla, cuestión que lleva a su madre a consultar al médico suponiéndolo “autista”, aun cuando no existe indicio físico que explique esta situación. Cuando se decide a hablar, Kevin lo hace a la manera de un adulto. Alrededor de los cuatro años, aun no controla esfínteres, obligando a su madre a cambiarlo, a tocarlo por la vía del desafío y el rechazo. Frente a la demanda materna, Kevin parece siempre decirle no. La tensión se acrecienta aun más alrededor de ese niño hermoso pero terrorífico que Eva ha dado a luz. Como si fuera un extraño.

Desde el desamor y la frialdad de su madre, Kevin resulta un espejo amplificado de quien le diera la vida. Así, Kevin destruye un día la oficina cubierta de mapas que su madre con dedicación se encargó de diseñar; otro día, y por “accidente”, “practicando” su deporte favorito, el arco y la flecha, hiere a su hermana menor produciéndole la pérdida de un ojo; en otra oportunidad, Kevin mata a la mascota de su hermana. Parece dirigido, comandado, a destruir todo lo que su madre mira de otra forma que a él, en un acto que le es direccionado. Eva con su mirada parece decir: “Él me lo hace a mi”, interpretándolo como un acto de pura maldad. Frank no registra la “maldad” de su hijo. Kevin se comporta distinto con él al mismo tiempo que este no parece querer enterarse de nada.

Y finalmente, la cadena de sucesos macabros no encuentra anclaje decantando en una suerte de tragedia anunciada. La masacre escolar junto con la condena social que la señala a la manera de una letra escarlata [4], producen una interpelación subjetiva en Eva quien debe responder. No alcanza ya con el castigo que se ha impuesto, no alcanza con continuar viviendo y trabajando en el pueblo que le señala su culpa. No alcanza ya con ofrecer la otra mejilla frente a los golpes de otras madres que han perdido a sus hijos. Es interesante cómo Eva queda por fuera de ese grupo de sufrientes, ni la muerte de su esposo y de su hija logran ubicarla como “víctima”, aún cuando el film señala una y otra vez un modo de existencia ordenada por las marcas del horror.

Esas idas y vueltas respecto de los recuerdos que Eva recorta en su devenir sufriente y culpógeno, señalan la resignificación sobre esa idea provocadora acerca de un niño “naturalmente” malo.

Eva debe responder por ese desamor, ese rechazo desde el inicio por ese niño. No lo ha alojado, no le ha dado un lugar nunca. El rechazo que Kevin presenta una y otra vez pasa entonces a decir del propio rechazo.

Finalmente, Eva decide salir de su tristeza, consigue un trabajo y comienza a armar nuevamente el cuarto azul, tal cual el original, de su hijo. En la siguiente escena, se la ve ya en la cárcel yendo a ver a su hijo. Sin embargo algo distinto ocurre en ese encuentro. Eva rompe el silencio característico y le dirige la pregunta que hace tanto tiempo quiere hacerle:

Eva: ¿Por qué lo hiciste?

Kevin: Lo sabía pero ahora ya no lo sé.

Eva abraza a su hijo y llora. Parece que nunca lo hubiera hecho. Su hijo ya no sabe; sus motivos se han diluido. Esta caída del saber pone en juego una vez más la caída del instinto; no hay un saber innato respecto de la posibilidad de ser madre y el final del film instaura la posibilidad de que una madre advenga allí.



NOTAS

[1] Lacan, J.: Seminario 3 (1955-1956), Clase XIII, Pág. 255. Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, año 2000.

[2] Hacemos referencia al episodio ocurrido en el año 2004 en la localidad de Carmen de Patagones, Provincia de Buenos Aires, en el cual un joven de nombre Junior, harto de las burlas de sus compañeros, ingresó a la escuela secundaria a la que asistía portando un arma, matando a tres compañeros e hiriendo a otros cinco.

[3] Se hace referencia a la fiesta celebrada en Buñol, España, desde el año 1945; donde miles de personas de congregan para producir una verdadera batalla, en donde la munición son los tomates.

[4] Se hace referencia aquí a la novela de Nathaniel Hawthorne y publicada en 1850, “La letra escarlata”. Allí, su autor narra la historia de Hesner Prynne, una mujer acusada de adulterio y condenada a un castigo infame: llevar marcada en el pecho la letra A, por adúltera. Pero las implicancias de esta marca sobrepasan el adulterio en sí, ya que adquiere en la novela la forma global del pecado, la idea brutal de que los errores se cargan eternamente.





COMENTARIOS

Mensaje de Agustin Fernandez  » 4 de noviembre de 2012 » agustin.fernandez83@gmail.com 

Muy interesante. Felicitaciones!



Mensaje de Giselle A. López  » 31 de octubre de 2012 » gisellelopez@psi.uba.ar 

En este artículo, las autoras bordean la cuestión de lo maternal y el horror a partir del film “Tenemos que hablar de Kevin” (Ramsay, 2011). Las autoras sostienen que “… esta película se presenta como un excelente recurso para dar testimonio de cómo la función de la madre no puede reducirse al instinto, y requiere de un artificio articulado a un nombre, el del padre, capaz de transmitir, desde el horizonte de su falta, la legalidad del no-todo constitutiva del campo de lo humano.” E instalan la pregunta acerca de “¿qué sucedería si esto no estuviera?”

Nos interesa recortar, en esta oportunidad, la escena que las autoras nos recuerdan acerca del momento del nacimiento de Kevin, describiendo cómo Eva no puede conectarse con este “producto” que ha parido. Tal situación nos recuerda el film “Un heureux événement” (Rémi Bezançon, 2011) que se estrenó en las salas de Buenos Aires a mediados de 2012, bajo la traducción de “Un suceso feliz”. Si bien las dificultades no son de tanta gravedad como en el caso de Kevin, el film, que pretender constituir un relato sin tabúes sobre la maternidad y la paternidad, sin embargo, retrata un caso bastante particular en el cual, por un lado, la posición de la mujer queda complicada en tanto ella no logra establecer un buen lazo con su hijo durante el embarazo. Por otra parte, esta mujer cuenta con una frágil red familiar y social que poco logra sostenerla en los momentos difíciles, a lo que se agrega que su pareja también encuentra dificultades para asumir la función de padre y contener a su mujer una vez que el hijo nace.

En “Tenemos que hablar de Kevin”, Eva se encuentra en una posición similar, pero donde advertimos una mayor dificultad en torno a este hijo que nace. En palabras de las autoras: “El llanto adviene para esta mujer un ruido insoportable e intraducible por la vía de la demanda; un llanto ensordecedor que solo puede ser tapado por un ruido mayor, como el de las máquinas trabajando sobre el asfalto. Frente a su propia falta, Eva trata de suplir lo que no hay, fallidamente. Intentará sufrida e infructuosamente relacionarse con su hijo quien, a todas luces le es ajeno y extraño, para finalmente presentarse del lado de lo monstruoso.”

Nos interesa introducir la pregunta, entonces, acerca de las posibilidades de que alguien pueda leer esa situación para que, eventualmente, desde el campo de la subjetividad y de la salud se pueda realizar alguna intervención. ¿Hubo allí alguien que podría haber leído esa dificultad (incluso tal vez, imposibilidad)? ¿Hay algún modo de detectar tales situaciones y ofrecer un espacio para la elaboración de la llegada de ese hijo, o bien para acompañar la decisión de no ocupar esa función materna?

Desde el campo de la subjetividad, y tal como desarrollan las autoras, afirmamos que la maternidad no es dada, no es natural – cuestión que explícitamente aparece en “Un heureux événement” y que se hace fuertemente visible en “Tenemos que hablar de Kevin”. Los lazos parentales serán construidos, no sin dificultades y el tiempo del embarazo es uno muy especial, así como el del parto y el posparto. Una escucha clínica que lea y advierta estas dificultades iniciales, lectura que podría tener lugar en los dispositivos institucionales de salud, podrán eventualmente introducir alguna diferencia para los sujetos en cuestión.



Mensaje de Mariana Pazo  » 31 de octubre de 2012 » nuevadirec2@hotmail.com 

Me gustaría felicitar a las autoras de este análisis. Muy interesante el recorrido y la descripción que hacen de los personajes de esta desgarradora historia.
No tengo mucho mas para agregar salvo agradecer el haber relanzado en mi el deseo de leer la versión literaria de la película que vi hace un tiempo, libro que dicen tiene muchas buenas criticas aun habiendo sido rechazado por 30 editoriales solo en Inglaterra.
Me parece sumamente interesante el recorrido que realizan sobre la maternidad, y coincido totalmente con el recorte final, donde podríamos pensar que si bien Eva no amaba, o no le dio lugar a ese hijo, no lo adopto cuando nació, es a partir de la adolescencia, en esta escena de la pregunta formulada, y el abrazo entre ambos, que algo del amor de madre podría vislumbrarse.



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